
Lucía sube entre la gente las angostas escaleras que dirigen hacia un túnel en donde es necesario caminar una distancia considerable, para acercarse a la salida más cercana a su oficina.
Camina por el túnel prácticamente sola, casi todas las demás personas han huido hacia el lado opuesto. Sus tacones generan un sonido sólido, definido que marca un eco tardío y desentonado. Un sonido repetitivo que le provoca entrar en una especie de transe y pensar en lo curioso que es poder recorrer las calles por debajo, por el subterraneo. Que conveniente sería, piensa mientras camina, que la vida tuviera túneles subterráneos, poderse ausentar en los momentos difíciles y vivir en una subrealidad techada, caminar hasta estar listo para salir de nuevo y hacerlo en el punto más conveniente y cercano al acontecimiento esperado y alcanzar el futuro.
Su mirada, concentrada en el piso se topa de frente con el primer escalón de la secuencia que la transporta a la calle, instintivamente levanta el pié para subirlo y en una reacción extraña a su costumbre sube la mirada encontrándose de frente con un cielo ensimismado, egoísta y brillante que trasluce un color casi fantástico. Lucía se para en seco, detiene su camino para voltear volcando su mirada al azul, boquiabierta se asume en una pequeñez inesperada y se explica sin palabras lo afortunada que es de poder admirar la inmensidad de esa compleja realidad, por un momento se asombra y existe plena, sin necesitar nada, ahí, puntual, sólida y tan delineada como el presente, entonces imagina que los túneles nunca serán necesarios en la vida porque sin importar lo que suceda, el cielo siempre estará sobre nosotros.
El reloj se entromete en su reflexión para recordarle el retraso acumulado, lo mira y se da cuenta de que es realmente tarde. Vuelve la mirada al piso y reanuda su caminar seguro y concentrado. En pocos minutos su mirada encuentra la puerta giratoria del enorme edificio donde trabaja.
Pasa la puerta y como todos los días levanta la mirada apenas lo suficiente para contactar con ella al guardia de seguridad que la mira de regreso con una sincera sonrisa y asiente. Ella responde la sonrisa amablemente con un discreto y casi imperceptible guiño del ojo derecho y sigue su camino hacia el elevador. Espera frente a la puerta como una niña impaciente y se concentra para escuchar como se acerca.
Las puertas del elevador se abren y Lucía se encuentra de frente con su jefe que la mira extrañado e inmediatamente voltea a ver la hora para cerciorase de que sea tarde, confía más en la puntualidad de Lucía que en el sofisticado mecanismo de su carísimo reloj de colección.
Jefe: ¿Tarde Lucía?
Una pregunta directa en busca de una respuesta concreta y sin embargo Lucía decide aventurarse en una respuesta abstracta para amortiguar la notable decepción de su jefe.
Lucía: Es uno de esos días donde nada sale según lo planeado, un día insoportable y lleno de sorpresas. Casi te podría enumerar todo lo que me paso en el camino al trabajo.
Jefe: Tarde al fin, NY es una ciudad donde ningún día se parece al anterior, tienes que estar consciente de eso.
Lucía: Ok Frank, lo tendré en cuenta, saldré más temprano.
Jefe: No te lo recomiendo, solamente lograras retrazarte cada día más.
La puerta del elevador se abre repentinamente dando fin a la conversación. Frank cede el paso a Lucía y sale justo detrás de ella, Lucía camina hacia su oficina mientras todo mundo saluda en su dirección, pero no a ella, si no a su jefe que parece haber cambiado roles con su sombra. Es un momento incómodo, todos notan que Lucía llega tarde cuando seguramente no han notado que todos los días llega temprano. Lleva poco tiempo en ese trabajo y prácticamente no conoce a nadie.
Torpemente Lucía responde a los saludos y todos la miran con esa expresión de pena que provocan los que se topan con un saludo ajeno y lo hacen propio.
Por fin llega a su lugar y termina el largo, interminable y casi insoportable camino de esa mañana hacia su oficina.
Camina por el túnel prácticamente sola, casi todas las demás personas han huido hacia el lado opuesto. Sus tacones generan un sonido sólido, definido que marca un eco tardío y desentonado. Un sonido repetitivo que le provoca entrar en una especie de transe y pensar en lo curioso que es poder recorrer las calles por debajo, por el subterraneo. Que conveniente sería, piensa mientras camina, que la vida tuviera túneles subterráneos, poderse ausentar en los momentos difíciles y vivir en una subrealidad techada, caminar hasta estar listo para salir de nuevo y hacerlo en el punto más conveniente y cercano al acontecimiento esperado y alcanzar el futuro.
Su mirada, concentrada en el piso se topa de frente con el primer escalón de la secuencia que la transporta a la calle, instintivamente levanta el pié para subirlo y en una reacción extraña a su costumbre sube la mirada encontrándose de frente con un cielo ensimismado, egoísta y brillante que trasluce un color casi fantástico. Lucía se para en seco, detiene su camino para voltear volcando su mirada al azul, boquiabierta se asume en una pequeñez inesperada y se explica sin palabras lo afortunada que es de poder admirar la inmensidad de esa compleja realidad, por un momento se asombra y existe plena, sin necesitar nada, ahí, puntual, sólida y tan delineada como el presente, entonces imagina que los túneles nunca serán necesarios en la vida porque sin importar lo que suceda, el cielo siempre estará sobre nosotros.
El reloj se entromete en su reflexión para recordarle el retraso acumulado, lo mira y se da cuenta de que es realmente tarde. Vuelve la mirada al piso y reanuda su caminar seguro y concentrado. En pocos minutos su mirada encuentra la puerta giratoria del enorme edificio donde trabaja.
Pasa la puerta y como todos los días levanta la mirada apenas lo suficiente para contactar con ella al guardia de seguridad que la mira de regreso con una sincera sonrisa y asiente. Ella responde la sonrisa amablemente con un discreto y casi imperceptible guiño del ojo derecho y sigue su camino hacia el elevador. Espera frente a la puerta como una niña impaciente y se concentra para escuchar como se acerca.
Las puertas del elevador se abren y Lucía se encuentra de frente con su jefe que la mira extrañado e inmediatamente voltea a ver la hora para cerciorase de que sea tarde, confía más en la puntualidad de Lucía que en el sofisticado mecanismo de su carísimo reloj de colección.
Jefe: ¿Tarde Lucía?
Una pregunta directa en busca de una respuesta concreta y sin embargo Lucía decide aventurarse en una respuesta abstracta para amortiguar la notable decepción de su jefe.
Lucía: Es uno de esos días donde nada sale según lo planeado, un día insoportable y lleno de sorpresas. Casi te podría enumerar todo lo que me paso en el camino al trabajo.
Jefe: Tarde al fin, NY es una ciudad donde ningún día se parece al anterior, tienes que estar consciente de eso.
Lucía: Ok Frank, lo tendré en cuenta, saldré más temprano.
Jefe: No te lo recomiendo, solamente lograras retrazarte cada día más.
La puerta del elevador se abre repentinamente dando fin a la conversación. Frank cede el paso a Lucía y sale justo detrás de ella, Lucía camina hacia su oficina mientras todo mundo saluda en su dirección, pero no a ella, si no a su jefe que parece haber cambiado roles con su sombra. Es un momento incómodo, todos notan que Lucía llega tarde cuando seguramente no han notado que todos los días llega temprano. Lleva poco tiempo en ese trabajo y prácticamente no conoce a nadie.
Torpemente Lucía responde a los saludos y todos la miran con esa expresión de pena que provocan los que se topan con un saludo ajeno y lo hacen propio.
Por fin llega a su lugar y termina el largo, interminable y casi insoportable camino de esa mañana hacia su oficina.
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