miércoles, 21 de noviembre de 2007

¿Dónde está el copretérito?


La recuerdo como una noche de sudor, de esas que en lugar de pasar gotean, (para acordarme de esto escojo el sabor de la canela porque al parecer sentó un precedente bien adentro de mi, cercano a la pituitaria y casi indeleble desde mi infancia).

Esa noche soñaba del todo con sueños de espiral insistentes que me provocan mareos en la imaginación. Giraba de un pensamiento en otro como círculos concéntricos que se encuentran irremediablemente e independientemente del sentido de su giro, con partes que habían habitado ya. Logrando así una especie de “Deja Vu” circular que resulta casi tan insoportable como se lee.

Sin despertar me paré de la cama y guié mis pasos con la memoria de la realidad hasta la recámara de mis padres. Abrí la puerta con la memoria de mi mano, girando la perilla que esa noche no tenía el seguro puesto. Empujé sigilosamente con el residuo de una conciencia que dormía junto a mi, una conciencia tan sonámbula como yo.

Me detuve justo al pie de su cama, no habían despertado todavía y yo junté mis pies y pegué un grito con toda la seguridad que brinda el sonambulismo: ¿Dónde está?
El grito fue lo suficientemente fuerte para despertar a mis padres, pero no a mi conciencia que seguía jugando a ser memoria.

Los dos brincaron atónitos y me miraron, incluso un poco antes de despertar y darse cuenta de que yo no estaba realmente ahí, sino profundamente dormido, esto tranquilizó a mi padre quien con un movimiento apacible se sentó en la el borde de la cama. Él siempre le dio más importancia a las preguntas que provenían de mi conciencia, que a aquellas que se gestaban en el rincón más apolillado de mi inconciente.

Con mucha calma mi padre recargó sus codos en sus rodillas y se tocó la cara. En ese momento mi madre había regresado a dormir y el me preguntó en voz muy baja: ¿Dónde está que? Y yo, inmóvil, en mi posición de soldado, repetí la pregunta completándola: ¿Dónde está el copretérito?

Mi padre me tomó de la mano y me llevó de regreso a mis sueños de espiral sin una respuesta.

Hoy recordé esa noche, con ayuda de la canela me deshice de las polillas acumuladas en los rinconcitos de algunas memorias y con su inconfundible sabor en la boca, encontré el copretérito que perdí en alguna noche de mi infancia mientras dormía.

Que dicha la de saber que el hubiera si existe.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Matiné


Después de 40 minutos de tratar de recordar esa palabrilla que se usa para describir la actividad de ir al cine en la mañana, sonó el teléfono. Era Mariana, tenía voz de domingo y yo le pregunté ¿quieres ir al cine temprano?, ¿a la matiné? Respondió ella rápidamente y yo sentí una especie de alivio por haber encontrado esa palabra, en realidad no quería ir al cine, pero si su respuesta hubiera sido sí, lo hubiera hecho con gusto, solamente porque encontré algo que por un momento pensé que se me había perdido. Después la llamada siguió su curso, sin más preguntas “off side” (como diría mi amigo Mara), se tornó en un dialogo entregado, uno de esos que suceden solamente para aclarar que estas ahí aunque no estés. Colgamos en el momento adecuado, sin silencios incómodos, justo después del clímax de la conversación, me parece que retirarse a tiempo es una virtud ciertamente subestimada.

Inmediatamente puse música, me la pasó mi amigo Javier, un hombre con una sensibilidad implacable, educada y melancólica, más joven que diablo pero con una capacidad incontenible de reírse en los momentos más adecuados, es una risa profesional. A veces pienso que no es casualidad, que su risa es producto de largos años de estudio y mucho sacrificios que resultaron en una graduación con honores. ¿Llorará igual de bien?, no lo sé, nunca lo he visto llorar, pero casi estoy seguro que para reírse así de bien, uno tiene que saber llorar completo, desde adentro, sin dejar nada, con sollozos, sin pausas, cacofónicamente, insistentemente, polifónicamente.

Ahora no dejo de pensar ¿Cuándo nace una palabra?, es una pregunta incómoda y casi absurda pero tengo ganas de preguntarla. ¿Porque tenemos la palabra matiné y no tenemos una para describir el acto de morir por la mañana? ¿”Mortiné”?, no se si la usaría, pero estoy seguro que es mejor morir por la mañana, cuando todo empieza. Me podría retirar ahora pero no se me da la gana, me parece de mal gusto irse después de hablar de la muerte así que prefiero quedarme y seguir escribiendo un poco más.

Me gustaría tener una palabra para describir la actividad de tomar café por la noche, aunque todas las ideas que me vienen son verdaderamente detestables, casi creo que se me quitaría el antojo si las escribiera y a mi me gusta tomar café por la noche, despertar para ir a la cama. Regresemos a la mañana.

¿Porque no existe una palabra para describir la actividad de casarse por la mañana?, nadie se casa en la mañana, temprano, casi todos lo hacen por la noche, o a medio día, pero nadie en la mañana, creo que nos hacen falta “Matimonios”. ¿Porque divorciarse no es una actividad que relacionamos con el tiempo?, nadie pregunta ¿a que hora te divorciaste?, simplemente te divorcias y ya. Creo que sería mejor tratar con cosas más comunes.

Es imperativo tener una palabra para hablar de ese acido humor que ataca en la mañana con relativa consistencia, es humor oscuro, irritante y divertido para los que lo observan, es humor porque sí, portafolio, portería, Porfirio, no me hables que estoy “Matumorado”, creo que funciona.

Me voy con mi “Matumor” a otro lado.