martes, 7 de agosto de 2007

Huele a café, a inicio.


No es de mañana y llueve, la calle mojada huele a café. La lluvia se encima, se suma en chorros, se encharca en si misma. No acabo de despertar y huele a café, a inicio, la incertidumbre empacha una espera que acaba y todo comienza.

No tengo el estomago vacío y huele a café, casi siento el calor contra mis dientes, el sabor amargo del comienzo.

Estoy despierto y huele a café, a inicio, la noche ensucia la lluvia con gotas ciegas que golpean los restos del día. Hoy es ayer y huele a café, no tengo hambre, bostezo sin sueño, estoy detenido en el origen.

Huele a café, a inicio.

domingo, 5 de agosto de 2007

Craigs List 2


Lucía sube entre la gente las angostas escaleras que dirigen hacia un túnel en donde es necesario caminar una distancia considerable, para acercarse a la salida más cercana a su oficina.

Camina por el túnel prácticamente sola, casi todas las demás personas han huido hacia el lado opuesto. Sus tacones generan un sonido sólido, definido que marca un eco tardío y desentonado. Un sonido repetitivo que le provoca entrar en una especie de transe y pensar en lo curioso que es poder recorrer las calles por debajo, por el subterraneo. Que conveniente sería, piensa mientras camina, que la vida tuviera túneles subterráneos, poderse ausentar en los momentos difíciles y vivir en una subrealidad techada, caminar hasta estar listo para salir de nuevo y hacerlo en el punto más conveniente y cercano al acontecimiento esperado y alcanzar el futuro.

Su mirada, concentrada en el piso se topa de frente con el primer escalón de la secuencia que la transporta a la calle, instintivamente levanta el pié para subirlo y en una reacción extraña a su costumbre sube la mirada encontrándose de frente con un cielo ensimismado, egoísta y brillante que trasluce un color casi fantástico. Lucía se para en seco, detiene su camino para voltear volcando su mirada al azul, boquiabierta se asume en una pequeñez inesperada y se explica sin palabras lo afortunada que es de poder admirar la inmensidad de esa compleja realidad, por un momento se asombra y existe plena, sin necesitar nada, ahí, puntual, sólida y tan delineada como el presente, entonces imagina que los túneles nunca serán necesarios en la vida porque sin importar lo que suceda, el cielo siempre estará sobre nosotros.

El reloj se entromete en su reflexión para recordarle el retraso acumulado, lo mira y se da cuenta de que es realmente tarde. Vuelve la mirada al piso y reanuda su caminar seguro y concentrado. En pocos minutos su mirada encuentra la puerta giratoria del enorme edificio donde trabaja.

Pasa la puerta y como todos los días levanta la mirada apenas lo suficiente para contactar con ella al guardia de seguridad que la mira de regreso con una sincera sonrisa y asiente. Ella responde la sonrisa amablemente con un discreto y casi imperceptible guiño del ojo derecho y sigue su camino hacia el elevador. Espera frente a la puerta como una niña impaciente y se concentra para escuchar como se acerca.

Las puertas del elevador se abren y Lucía se encuentra de frente con su jefe que la mira extrañado e inmediatamente voltea a ver la hora para cerciorase de que sea tarde, confía más en la puntualidad de Lucía que en el sofisticado mecanismo de su carísimo reloj de colección.

Jefe: ¿Tarde Lucía?

Una pregunta directa en busca de una respuesta concreta y sin embargo Lucía decide aventurarse en una respuesta abstracta para amortiguar la notable decepción de su jefe.

Lucía: Es uno de esos días donde nada sale según lo planeado, un día insoportable y lleno de sorpresas. Casi te podría enumerar todo lo que me paso en el camino al trabajo.

Jefe: Tarde al fin, NY es una ciudad donde ningún día se parece al anterior, tienes que estar consciente de eso.

Lucía: Ok Frank, lo tendré en cuenta, saldré más temprano.

Jefe: No te lo recomiendo, solamente lograras retrazarte cada día más.

La puerta del elevador se abre repentinamente dando fin a la conversación. Frank cede el paso a Lucía y sale justo detrás de ella, Lucía camina hacia su oficina mientras todo mundo saluda en su dirección, pero no a ella, si no a su jefe que parece haber cambiado roles con su sombra. Es un momento incómodo, todos notan que Lucía llega tarde cuando seguramente no han notado que todos los días llega temprano. Lleva poco tiempo en ese trabajo y prácticamente no conoce a nadie.

Torpemente Lucía responde a los saludos y todos la miran con esa expresión de pena que provocan los que se topan con un saludo ajeno y lo hacen propio.

Por fin llega a su lugar y termina el largo, interminable y casi insoportable camino de esa mañana hacia su oficina.

jueves, 2 de agosto de 2007

A ella le gustan los "bullet points"


• Callejones llenos de libélulas y aureolas
• Un pastel de durazno apunto de estallar
• Razones para tener que tenerte
• Amarillo y crinolina llevándonos al mar
• Duerme con tamarindo en la memoria
• Rima tu espina con escampar
• Cientos de párpados amarran el silencio
• Todo es espuma, tenemos que bailar

miércoles, 1 de agosto de 2007

Craigs List 1


Martes por la mañana en Nueva York y Lucía camina apurada hacia el trabajo. Como todas las personas rutinarias, sigue el mismo camino de todos los días. Lleva viviendo en NY dos meses y sin embargo, casi podría adivinar la cantidad de pasos que le toma llegar de la puerta de su edificio a la puerta de su oficina, incluso contando aquellos que da dentro de la local en donde todos los días para por un jugo para desayunar.

Es verano, el día es muy caluroso y Lucía no escogió el atuendo más adecuado para ese clima. Vestida con pantalones negros, una camisa blanca, un cinturón a Oby a la mitad de la cintura y unos elegantes tacones negros, camina por las calles de Brookling concentrada en no darle importancia al tremendo calor que se acumula en su entrepierna y axilas. El sudor le comienza a llenar la frente de humedad y ella se concentra en no dejar fluir el calor que puede acabar con el tímido maquillaje que cubre rostro.

Lucía camina determinada hacia la tienda de jugos, esta ansiosa de tomar su “smothie”, una bebida de fruta con hielo frappé que se mezcla hasta lograr una sustancia homogénea, sana y refrescante. Aprieta el paso porque la hora de entrada al trabajo esta próxima y ella tiene la costumbre de llegar con quince minutos antes de la hora de entrada. Una vez en el trabajo espera atenta el momento en el que llegan sus compañeros y los saluda con un gesto poco discreto para hacer evidente su hora de llegada ante el jefe.

A Lucía le incomoda caminar entre la multitud, cada vez que se cruza con una persona que no la mira, le reafirma la sensación de soledad que ha acompañado sus pasos inequívocamente desde su adolescencia.

Es por eso que prefiere caminar mirando el suelo, concentrada en su próximo paso, asegurando su infalible ritmo y trayectoria. Gracias a esa manía, Lucía se ha convertido en una experta en las marcas del pavimento y su afición es tan extrema, que su camino esta guiado por ellas. Por ejemplo, sabe de memoria que en la esquina de Dekalb y Carlton hay una mancha embarrada en el pavimento, tiene por lo menos 60 centímetros, formada de largas y delgadas hebras de un pegajoso y presumido chicle azul y cada vez que lo ve, no puede evitar pensar en la persona que algún día descubrió ese chicle pegado en su suela y recrea las acrobacias ejecutadas por el personaje para deshacerse del incómodo objeto pegado en la suela de sus elegantes zapatos, mismas que aseguraron que la goma de mascar quedara impregnada en un espacio considerable de la calle y a partir de ese momento se transformaría en una especie de lunar indeleble que se integró para siempre a la geografía de una esquina. Siempre que le viene esa imagen a la mente, remata su recreación con una expresión de lástima y asco que le recuerda que es momento de girar a la izquierda para encontrase con la puerta de la tienda de jugos.

Sin embargo, su hábito de caminar a ciegas le a provocado más de un penoso choque y lo que más le molesta de chocar no es la sensación repentina de una invasión a su espacio vital o el salirse momentáneamente de su ruta planeada; lo que realmente no soporta es que ni siquiera como resultado de un estruendoso choque de dos cuerpos que se encuentran torpemente, logra que la otra persona involucrada en el incidente le ponga atención y la mire a los ojos para preguntarla si esta bien o por lo menos para reclamarle que se fije por donde camina. Es así como un choque se convierte una vez más, en la persistente sensación de soledad que la persigue tan de cerca como su sombra.

Por fin llega a la tienda de jugos y la puerta choca con sus tensas manos que se concentran en empujar solamente con la parte inferior de la palma para mantenerse lo más limpias posibles. La primera sonrisa del día se le dibuja tímida en la esquina de su rostro como reacción a un intenso olor a mandarina y una campana suena como música de fondo, avisando a los empleados la entrada un cliente y ella, como si hubiera escuchado una alarma, voltea a ver su reloj para saber la hora exacta. Es curioso como últimamente ha notado que voltea a ver su reloj cada vez que detecta el olor a mandarina en el ambiente. Aunque por otro lado, es también un olor que le recuerda a casa, para ella, así huele la mañana en familia.

Al entrar a la tienda toma su turno en una máquina como la de una salchichonería, un detalle retro que hace que el local adquiera una cierta personalidad anticuada. Cuando tiene su boleto inmediatamente se pega a la pared, tal como lo indican las instrucciones que se muestran en un pizarrón verde colocado detrás de la barra. Le molestan las personas que no siguen las instrucciones y se comportan de manera incivilizada desobedeciendo el flujo propuesto por el negocio para optimizar la operación. En especial le molesta una mujer que se encuentra casi todos los días en ese lugar y hoy no es la excepción.

La señora, que entró justo después de ella y tomó el turno siguiente, divaga por toda la tienda vociferando sobre los mágicos efectos del arándano en su estado de ánimo. Pero le molesta aún más el hecho de que el engreído empleado de la tienda, ese que todos los días la atiende con una mirada agria, se ríe como un fiel cómplice de la extraña mujer.

Para distraer la atención del incómodo momento, Lucía decide repetir en su cabeza el número de su turno, veintisiete, veintisiete… una y otra vez para contar la cantidad de veintisietes que caben en el espacio de tiempo que pasa de un turno al siguiente y mira su reloj impacientemente, como si fuera capaz de intimidarlo y convencerlo de correr más lento.

Las licuadoras de este local son silenciosas y eficientes, ellos las llaman BLENDERS. A Lucía le gusta el tímido ruido emitido por estas máquinas, entre todas logran un efecto casi hipnotizante que le permiten ausentarse temporalmente de la realidad y entonces el tiempo parpadea más despacio.

Sin embargo hoy el tiempo no coopera y el segundero de su reloj se mueve tan rápido que Lucía sospecha de su confiabilidad, siempre le han parecido sospechosas las personas y los objetos que apuran el paso sin llegar a correr del todo. Lucía se impacienta ante la idea de llegar tarde al trabajo, pero definitivamente no esta dispuesta a sacrificar su “smothie” de la mañana. Para ella es casi un ritual de inicio de día, es como una manera de asegurar que las cosas saldrán bien, igual que ayer.

Por fin llega su turno y en el momento en que se empieza a acercar al mostrador la extraña mujer se le adelanta y se mete antes que ella, la mira apenas con el rabo del ojo y le dice:

SEÑORA: ¿Te importa si paso antes que tú?, tengo mucha prisa y no puedo esperar más.

Antes de que Lucía le conteste, la mujer ya está ordenando su bebida. Lucía siente un enojo desde el estómago y se molesta consigo misma por su incapacidad de decir NO, por su inseguridad ante situaciones incómodas, pero sobre todo, se molesta porque cada vez se retrasa más y su mañana se parece menos a una mañana normal.

La mujer ordena un Smothie de arándano con plátano. El hombre que la atiende se lo prepara con especial calma, tal como si estuviera coludido con su reloj para hacerla llegar tarde. La mujer le cuenta al empleado una historia que acaba de leer en el periódico sobre un importante empresario que fue asaltado en Central Park el día anterior y lo único que le dejaron fueron sus calzones, que por cierto lo delataban del todo ya que de ser un elegante hombre de negocios, se había convertido en un sexy bailarín exótico desfilando en una tanga de seda roja, a las diez de la mañana en el parque.

El empleado de la tienda prepara la bebida con toda la calma para seguir escuchando la entretenida historia, para ese momento ya no solo sonreía sino que reía a carcajadas.

Lucía perdió el control y de manera torpe y tajante interrumpe:

LUCIA: ¿Cuánto tiempo más voy a tener que esperar escuchando esta estúpida e irrelevante historia?

El empleado y la mujer se miran atónitos y con una expresión con la que se comunican lo que piensan de Lucía, arqueando la cejas y moviendo la cabeza de un lado al otro en un movimiento insistentemente pausado que deja más que claro su desaprobación ante la reacción de Lucía.

El hombre le contesta sin siquiera mirarla.

Hombre: Un momento por favor.

La plática entre la mujer y el empleado no sigue más, como su con el silencio hicieran más evidente su desaprobación y sobre todo, el castigo para con Lucía.

Ella se siente más incómoda que nunca, incluso olvida por completo mirar el reloj. Lo único que quiere es que se termine ese momento.

El empleado termina de hacer la bebida y se la entrega a la mujer con una sonrisa quien le agradece en silencio y mirándolo a los ojos y devolviéndole la sonrisa de total empatía.

Enseguida dirige su mirada a Lucía y le pregunta:

Empleado: ¿Qué quieres?

En este momento Lucía entiende de que no hay manera de enmendar su error, el empleado la odia y tendrá que aprender a vivir con eso. Para ella es lo suficientemente difícil sentir que para mucha gente no existe, que no la miran, no la toman en cuenta; como para además tener que vivir con el sentimiento de rechazo, ese es un sentimiento con el que simplemente no puede lidiar.

Lucía: Un smoothie de mandarina con plátano y fresa.

El hombre lo prepara de mala manera, ni siquiera enjuaga la licuadora con la que hizo la última bebida y selecciona las frutas menos atractivas. Pela las mandarinas de mala manera y no retira las semillas, las tira completas en la licuadora, seguida de un plátano a medio podrir y algunas fresas con un color tan pálido como el de la vergüenza de Lucía que solamente observa como prepara su bebida y es incapaz de reclamar.

El empleado le sirve el licuado en un baso y se lo entrega con la tapa mal colocada, Lucía no se da cuenta y lo toma provocando que de inmediato se derrame un poco en la manga de su impecable camisa blanca, dejando una mancha de un color raro y una textura francamente confusa.

Lucía llega a su límite y en un acto de enojo absoluto le dice al empleado:

Lucía: No me pienso tomar esto, es asqueroso.

El empleado la voltea y le enseña una mirada de pocos amigos, realmente de mala leche. Ella lo mira directo a los ojos como enfrentándolo y en el momento en el que las miradas se encuentran ella se intimida y se siente derrotada, saca 4 dólares de su cartera y los deja sobre el mostrador junto con la bebida, intacta y escurriendo los restos de su torpeza.

Lucía sale de la tienda indignada, completamente frenética y sobre todo tarde. Nada más podría salir mal. Toda su rutina ha sido alterada, no se tomó su smothie, se manchó la camisa y además, va a llegar tarde al trabajo.

Camina de prisa sobre la acera, apretando el paso y negando con la cabeza permanentemente en un gesto de desaprobación contra todo, contra ella, contra el empleado, contra el sabor del amargo smoothie que no se tomó, contra la alegre mujer, contra la calle y sus desordenadas multitudes. Es tarde y la gente parece multiplicarse por miles.

Lucía acelera el paso y comienza a chocar más a menudo con la gente que no se inmuta de su mal humor ni de su prisa. Esta apunto de parase en seco y tirar un grito solitario para llamar la atención de todos, cuando piensa que de nada servirá, que solamente la haría sentir peor porque seguramente no la voltearían a ver. Hace algunos días un hombre, en su evidente desesperación le propino un certero puñetazo a una cabina de teléfono y nadie, incluyéndose ella misma, lo volteo a ver a los ojos o le dijo algo. De pronto se calmó y olvidó su enojo porque se sintió abrumada de pensar que ella es parte de eso que odia, de esa masa indiferente, lejana, absurdamente individualista.

Llega a la entrada del metro. Esta tan llena que las escaleras hacia el subsuelo parecen una cascada de cabezas y ella se forma para tirarse a ese vacío a sabiendas de que tal como las gotas de agua que al caer se reúnen, se mezclan y se pierden para siempre en una homogénea masa cuyas partes son del todo imperceptibles; ella se perderá por un momento en una masa de carne, de ideas, pasiones, razones y sentimientos. En ese momento le parece atractivo sumarse para dejar de ser tan ella, tan predecible para si misma y formar parte de un todo misterioso e indescifrable.

De pronto y casi sin darse cuenta ya esta parada esperando el metro, justo detrás de la línea amarilla que marca el punto más cercano en el que se puede esperar la llegada del próximo tren y encabezando una fila interminable que con una formación casi perfecta, todos parados encarando las vías como si mirando ese vació fueran a lograr que el metro llegara más rápido.

El sonido y las vibraciones comienzan a aumentar y todos, como si hubieran ensayado para un musical de Broadway durante un año y fuera la noche de estreno, giran la cabeza a la izquierda para no perderse la llegada de ese vagón. Casi al final de la formación hay una pareja que rompe con la coreografía y se besa tiernamente, ella esta parada de puntitas dando la espalda a las vías y el la toma de la cabeza cariñosamente mientras la besa y la mira sonriendo. Entonces Lucía piensa que debe ser agradable estar ahí parados sin estar esperando, besar a alguien y desear que el metro tarde más para seguir besándose. Entonces se da cuenta que si este fuera un musical en su noche de estreno, ellos serían los protagonistas y todos los demás, como las vías o el metro o ella misma, serían solo una escenografía, un contexto para ubicar el sincero encuentro que bien podría ser el inicio de una historia.

El metro llega y las puertas se abren, el ejercito se desordena y se concentra en torno a las entradas, empujando para asegurar su lugar, todos tienen una razón distinta para subirse a ese vagón y sin embargo actúan de la misma forma.

La suerte de Lucía parece empezar a cambiar porque logra ocupar un asiento. Normalmente hubiera sacado su IPOD y se hubiera desconectado de la realidad entregándose a la voluntad de sus pensamientos. Sin embargo, ese día se siente distinta. Siente como si el estreno de la obra solo la tuviera a ella como espectador y en consecuencia, siente una especie de responsabilidad de seguir el desarrollo de la historia y tratar de entender de que se trata. Entonces se da cuenta de lo absurdo de su pensamiento, es casi como tratar de entender de que se trata la vida, piensa para sus adentros: la vida no se trata de nada, no hay una historia que contar y definitivamente no termina hasta que la muerte llega, no hay un clímax y no se resuelve la trama en un final que satisface la razón de ser de dicho acontecimiento. Nosotros vivimos y morimos, eso es todo, concluye en sus pensamientos y saca su IPOD, se coloca los audífonos y elige música aleatoria. La canción que inicia le recuerda a su país, a su familia, a su gente, a un domingo, una comida familiar donde todo termina en una fiesta en la que todos bailan y celebran sin una razón específica. Siente un golpe certero de nostalgia en el pecho que provoca un repentino humedecimiento de sus ojos y justo cuando una lágrima esta apunto de nacer, las puertas del metro se abren y la gente sale corriendo desesperada por la puerta y atrás de ellas se van sus emociones, Lucía se para y sale apresurada persiguiéndolas.